Suicidio y trastornos de la personalidad en contexto de encierro

En este artículo buscamos especificar las características del suicidio e intento de suicidio desde la población general hasta llegar concretamente a la población penitenciaria...

... a partir del conocimiento de las diferentes variables que han estado presentes en la comisión del hecho, para que las entidades competentes tengan una aproximación al suicidio carcelario-penitenciario y puedan implementar programas que promuevan intervenciones efectivas (detección, prevención y/o tratamiento de casos), dado que está demostrado que el suicidio se puede prevenir en la medida en que se determinen las variables que lo predisponen o lo facilitan.
El medio carcelario supone un ambiente potencialmente estresante pudiendo poner de manifiesto una mayor vulnerabilidad de los pacientes con trastornos de personalidad a las conductas suicidas, mayor a la característica de estos pacientes en entorno no carcelario. La interacción con otras personaas privadas de libertad y con el sistema penitenciario puede poner de relieve una diátesis suicida en este tipo de pacientes, la identificación de los mismos puede arrojar un saldo favorable con una intervención precoz más eficaz.

¨…Sobre un arco, tallados en piedra, los versos de Santa Teresa: Ven, Muerte, tan escondida –que no te sienta venir, porque el placer de morir no me vuelva a dar la vida.¨ Alejandro Casona.

La palabra Suicidio proviene de las expresiones latinas “sui” y “occidere”, que lo definen como el hecho de matarse a si mismo.
Stegel, plantea que en los suicidios no solamente hay componentes de autodestrucción, sino que también hay componentes interpersonales de búsqueda de comunicación con los demás, al igual que sucede en las tentativas suicidas .
Binswanger, Merrill, Krueger, White, Booth & Elmore (2010) plantearon que los trastornos en salud mental más frecuentes en la población penitenciaria suicida son el abuso de sustancias (sobre todo en la población masculina), los trastornos afectivos y la esquizofrenia.
Por otro lado, Franke, Neef, Weiffenbach, Gänsicke, Hautzinger, & Maier (2003) exponen que los trastornos adictivos, en general, son indicadores de vulnerabilidad, y están asociados a otros trastornos y problemas psicológicos. También, en el medio penitenciario, la conducta suicida se ha relacionado con los trastornos de la personalidad, principalmente en los del grupo B, descritos en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V), ya que según lo referido por Negredo, Melis & Herrero (2010), el componente compulsivo, de manera específica en el trastorno límite de la personalidad y en el trastorno antisocial de la personalidad, puede llegar a ser una aproximación a la comprensión y explicación de la conducta suicida.
En el trastorno límite de la personalidad se hallan algunos criterios que están directamente relacionados con la conducta autolesiva, por lo que tienen un uso predictivo y explicativo limitado en este ámbito, tal como lo mencionan Oliffe, Ogrodniczuk, Bottorff, Johnson & Hoyak (2010).
Es necesario mencionar los principales componentes y causas del fenómeno suicida, comenzando por el espectro completo del comportamiento suicida, que según Pérez (1999) y Mejía, Sanhueza & González (2011), se encuentra conformado por criterios operativos, en los que intervienen sucesivamente tres etapas (que en su conjunto se conocen como el proceso suicida): en primer lugar está el suicidio, entendido como la muerte autoinfligida, con evidencia implícita o explícita de que la persona quería morir; en segundo término se halla el intento o acto fallido de suicidio, definido como la acción del individuo ejecutada, que no llega a consumarse por impericia o falla del método, y por último, la ideación suicida, entendida como aquellos pensamientos universales que tiene un sujeto sobre la interrupción de la propia vida en situaciones de estrés intolerable, ataques de pánico, agresividad, trastornos de humor y ansiedad.
Nizama (2011) plantea que: Las personas que intentan suicidarse, con frecuencia están tratando de alejarse de una situación de la vida que les parece imposible de manejar, como sentimientos o pensamientos negativos, sentimientos de vergüenza o culpa, sentirse como una carga para sus seres queridos, concebirse como víctimas y poseer sentimientos de rechazo, pérdida o soledad. Por consiguiente, el mismo autor refiere que las conductas suicidas pueden desencadenarse por una situación o hecho que las personas perciben como agobiante, tales como el envejecimiento, puesto que los ancianos presentan la tasa más alta de suicidio, la muerte de un ser querido, las adicciones, sustancias lícitas e ilícitas y ludopatía, crisis emocionales, enfermedades físicas graves, desempleo o pérdida del mismo y problemas financieros.
Lo anterior no es más que la falla del proceso de adaptación del sujeto en el ámbito en el que se encuentra. Especialmente se presenta un declive de aquellos mecanismos que constituyen un conjunto de representaciones, ideas, acciones y sentimientos que le permiten actuar en la realidad. Estos se desencadenan ante situaciones frustrantes; el estar privado de la libertad, en celdas de aislamiento, genera una tensión psicológica, en la cual se desatan conflictos que afectan las relaciones interpersonales e intrapersonales del individuo (Nizama, 2011; Negredo, Melis & Herrero, 2010).
En este orden de ideas, develado el panorama que alberga el suicidio y sus componentes, es comprensible que este fenómeno haya merecido la atención de diferentes instituciones, entre las cuales se encuentran las prisiones, más aún cuando se ha calculado que por cada suicidio en la calle se producen 17 dentro de ellas (Centro de Documentación contra la Tortura, 2005). Al respecto, autores como Snow, Paton, Oram & Teers (2002), citados en Negredo, Melis & Herrero (2010), informan que las personas privadas de libertad exhiben un mayor riesgo de suicidio que la población general; McKee (1998), citado en Negredo, Melis & Herrero (2010), afirma que las personas privadas de libertad tienen unas tasas de suicidio entre once y catorce veces mayores que la población general.
Esto guarda relación con lo descrito por la Organización Mundial de la Salud en el año 2000, cuando aseveró que el suicidio es una causa única de muerte, y la más frecuente en las instituciones penitenciarias. Desde la OMS (2000), este panorama estadístico podría encontrar respuesta en las particularidades que hacen al contexto penitenciario y carcelario vulnerable a este tipo de comportamientos: (a) el factor social, que en este caso concreto es un exceso de individualización sumado a una desintegración del grupo social, representado como obstáculo o barrera insalvable, ya que se convive con hombres jóvenes, que tienen algún trastorno mental, con problemas de drogas, es decir, personas que han estado entre los grupos de mayor riesgo de suicidio, y (b) el impacto psicológico de la vida intramuro, que puede llegar a exceder las habilidades de afrontamiento de los sujetos más vulnerables, en términos de esperanza y de superación.
De manera consistente, el encarcelamiento puede representar una pérdida de libertad, de apoyo social y familiar, miedo a la violencia física o sexual, incertidumbre respecto al futuro, culpabilidad por el delito cometido, estrés derivado de las restrictivas condiciones ambientales y, finalmente, un deterioro físico y emocional (OMS, 2000; Douglas, Herbozo, Poythress, Belfrage & Edens, 2008).
La OMS (2007) resume de este modo los factores de riesgo más significativos de la conducta suicida en esta población: (a) factores personales, donde intervienen aquellas variables que hacen a los sujetos vulnerables a este comportamiento, e. g., el abuso de drogas o tener algún trastorno mental; (b) factores externos, relacionados con la tensión psicológica que genera el medio penitenciario, el síndrome de abstinencia, la falta de apoyo familiar y de la relación de pareja, y (c) factores situacionales, que los constituye en el periodo de seguridad y el cumplimiento íntegro y efectivo de las condenas.
En contraste, la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (IASP, 2007) habla también de los diferentes factores protectores que reducen el suicidio, entre los cuales señala el apoyo de la familia, amigos y otras personas importantes, las creencias religiosas culturales y étnicas, la participación sana y activa en la nueva comunidad, llevar una vida social satisfactoria a través de la integración social, el uso constructivo del tiempo libre, habilidades efectivas para resolver problemas y tener un propósito general de vida.
Konrad et ál. (2007), ha mencionado los métodos de suicidio e intento de suicidio utilizados por los pacientes, entre los cuales se destacan el ahorcamiento, cuando se encuentran en celdas individuales y en momentos de baja vigilancia, como lo sugiere Magaletta, Patry, Wheat & Bates (2008).
Existen diferencias entre pacientes procesados y condenados, frente a las conductas suicidas (Konrad et ál.,2007) En primer lugar están los pacientes condenados, que por lo general su comportamiento suicida está relacionado con conflictos emocionales (peleas o rupturas sentimentales). Por el contrario, los factores de riesgo de suicidio referentes a los pacientes procesados dan a conocer que son adultos jóvenes, que cometen suicido en los momentos iniciales del encarcelamiento, específicamente los tres días cercanos a la audiencia o el juicio donde se anuncia el tiempo de condena. Aunados se hallan factores que pueden aumentar el riesgo de suicidio, entre los cuales se destacan: el momento de comunicación de la sentencia condenatoria, la espera de decisiones judiciales, el consumo de drogas, el no estar vinculado a una actividad productiva que le permita hacer buen uso del tiempo libre, además de la separación de los seres queridos, la muerte o enfermedad de un familiar, trastornos psiquiátricos y el mismo ingreso a la prisión (Fazel, Cartwright, Norman-Nott & Hawton, 2008). Cabe destacar que por las características presentes en dicho contexto, los pacientes pueden llegar a usar el comportamiento suicida solo para obtener algún control sobre el ambiente.(Bobes, Giner & Saiz, 2011).
De forma específica, existe consistencia en relación con el género, dado que la mayoría de los casos son ejecutados por hombres, sin dejar de lado que las mujeres también presentan alto riesgo (Malaver, 2010), y lo expuesto por Negredo, Melis & Herrero (2010) acerca de que entre los factores de riesgo de intento o ideación suicida se encontró el ser de género femenino, pudiéndose aumentar el riesgo (Malaver, 2010) cuando las mujeres están en calidad de procesadas, comparándolas con las que se encuentran en libertad. Consistente con esta tendencia, Frottier, Koenig, Seyringer, Matschnig & Fruehwald (2009) señalan que una constante relevante con respecto a los suicidios consumados, a nivel mundial, en Latinoamérica y, finalmente, en la población carcelaria y penitenciaria, tiene que ver con tasas más elevadas en hombres que en mujeres. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que respecto a suicidios e intentos de suicidio, existe un predominio del género femenino (Beautrais, 2006; Nordentoft & Branner, 2008).

CONDUCTA SUICIDA EN TRASTORNOS DE PERSONALIDAD
Algunas personas parecen especialmente vulnerables al suicidio cuando se ven enfrentados a sucesos ambientales o acontecimientos vitales difíciles o cuando están expuestos a una combinación de distintos estresores. Así, los trastornos de personalidad representan un amplio campo de interacción entre el entorno y los factores biológicos que sitúan al individuo en un nivel de mayor riesgo de realizar conductas suicidas. La manera en que estos factores interaccionan para que se produzca el suicidio o la conducta suicida en el sentido amplio es verdaderamente compleja y muchas veces no bien comprendida. No obstante, la población afectada de trastornos de personalidad debe estimarse dado que se trata de individuos con un alto índice de conductas suicidas, mayor que el de la media, sobre todo si concurre en personas bajo custodia y especialmente en el medio carcelario. De esta forma, repetidas veces los sociólogos, psiquiatras y psicoanalistas han comentado que el suicidio es un fenómeno complejo en el que intervienen factores físicos, sociales y psicológicos. Es la interacción de los factores ambientales con la personalidad del individuo la que determina el resultado final.
Desde hace más de un siglo se intenta descubrir los rasgos o tipos de personalidad que subyacen al fenómeno del suicidio y de las tentativas. Se ha propuesto la existencia de un sustrato biológico de la agresividad impulsiva relacionado con el sistema serotoninérgico central. La rigidez hace que estos pacientes sean incapaces de considerar vías alternativas a su problemática y lleven a cabo una sobrevaloración de la misma no estimándola en su verdadero contexto y apreciándola como insostenible e insuperable. Garrison considerando en su estudio el incremento progresivo de la conducta suicida en muestras infanto-juveniles destaca entre los correlatos de conductas suicidas más comúnmente identificados los síntomas depresivos, la desorganización familiar y los problemas derivados de la misma, el estrés vital y la escasez de habilidades de resolución de problemas.
En el medio carcelario son frecuentes los trastornos de personalidad, en una revisión reciente Matschnig y col. concluyeron que los índices de suicidios han aumentado en las últimas décadas, hallándose un alto porcentaje de trastornos de personalidad. Estos resultados están apoyados por una serie de estudios que mencionan un alto porcentaje de muerte violenta en hospitales psiquiátricos de máxima seguridad siendo el suicidio la causa principal.
Un problema frecuentemente asociado a los trastornos de personalidad en el medio carcelario se refiere a la patología toxicologica. Se ha hallado que los trastornos de personalidad están presentes en el 56% de las víctimas de suicidio según el estudio de 2001 de He y col., existiendo una comorbilidad con el abuso de alcohol y otras drogas como rasgo más común, incluso como observan Bird y Hutchinson en su estudio de reclusos recién puestos en libertad se detectan suicidios en relación con el consumo de drogas, siendo más frecuentes en las dos semanas siguientes a la puesta en libertad tras el encarcelamiento, al igual que sucede según Snow y col. con el alto riesgo de suicidio justo al producirse el encarcelamiento, especialmente en los días que siguen a la entrada en prisión.
Franke y col. reportaron en 2003 que el alcoholismo de internos penados no dependientes a opiáceos se asociaba con episodios depresivos, trastornos de ansiedad así como con dependencia a la cocaína. Jenkins y col. informaron en 2005 de aspectos psiquiátricos y sociales de las conductas suicidas en la cárcel y concluyen que la ideación suicida y las tentativas de suicidio eran más frecuentes en el medio carcelario que en la población general y se asociaban con altos índices de trastornos de personalidad. Las acciones suicidas manipulativas (parasuicidios) y los intentos de suicidios más genuinos son una cuestión más bien relativa debido al peculiar conocimiento de la muerte de este grupo etario y a la inadecuada valoración del valor de la vida, «de sus vidas». De este modo es conveniente considerar que todas las acciones suicidas infanto-juveniles son reales porque su peligro para la vida y la salud es igualmente grave.
La conducta suicida para muchos autores sería el resultado de la mutua interacción dinámica entre diversos aspectos de la personalidad del paciente, su estado afectivo y las circunstancias socio-familiares. Casey informó de que el 65% de los pacientes con tentativas de suicidio tenían trastornos de personalidad, se debe indicar la existencia de una asociación positiva entre conductas suicidas y el consumo de sustancias psicotrópicas, incluyendo el alcohol. Debemos tener en cuenta la presencia de psicopatología afectiva en los pacientes con tentativas de suicidio que padezcan un trastorno de la personalidad. La conducta impulsiva agresiva se ha correlacionado en pacientes con trastornos de personalidad con las tentativas de suicidio, indicándose una base biológica de la misma, concretamente estaría implicado el sistema serotoninérgico central. Aparte de los tipos borderline y antisocial debe tenerse en cuenta también a los pacientes con trastornos de personalidad de tipo histriónico y narcisista. La comorbilidad en pacientes afectos de trastornos de personalidad debe tenerse en cuenta, la concurrencia de trastornos afectivos incrementa notablemente el riesgo de suicidio al igual que ocurre con el consumo de tóxicos.
BIBLIOGRAFÍA:
TRASTORNOS DE LA PERSONALIDAD Y PSICOPATÍAS, Guillermo N. Jemar y Cols., Ed. Salerno, año 2015.

 

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